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      Leighton Gage: A Vine in the Blood.

  

Recuerdo aquella tarde en que llegué a clase luego de pasar el fin de semana leyendo A Vine in the Blood  (2011), la quinta novela de la saga de Mario Silva, el inspector-jefe de la policía federal de Brasil. Consciente que para muchos norteamericanos Miguel Ángel es un gusano informático y Beethoven un San Bernardo (encuesta realizada por la Universidad de Beloit a jóvenes que se graduarán en el 2014), les pregunté a mis estudiantes sobre el Brasil, país donde sucede esta novela. Sus respuestas, por supuesto, se enmarcaron en las cinco “eses” por las que el mundo reconoce a esta nación suramericana: Sun, Sand, Samba, Sex & Soccer.

          ¡De las categorías no se salva nadie! Alemania = salchichas, Nazis y cerveza; España =  flamenco, Amenábar y fiesta brava; Colombia = cocaína, telenovelas y mariposas amarillas. ¡Ea!, pues, que sean dichos estereotipos la excusa para comentar A Vine in the Blood, novela de Leighton Gage que en la “ese” de Sex explora las tensiones del mundo de las siliconas y las lentejuelas, y en las de Samba, Sun y Sand, pone al descubierto crímenes bronceados en curvas de garotas de nalgas firmes como balones de fútbol (Soccer).

La novela comienza cuando la mamá de Tico “El Artista” Santos, el mejor jugador de todos los tiempos por encima del Rey Pelé, es secuestrada en la ciudad de São Paulo, a tres semanas del partido inaugural de la XX edición del Mundial de Fútbol, que se jugará por segunda vez en Brasil. Los raptores piden por el rescate US$ 5 millones de dólares en diamantes. Tico es el delantero estrella de la selección, el hombre que hará morder el polvo a los argentinos. La rivalidad entre estos dos países convierte a los hinchas de la selección albiceleste en los principales sospechosos del secuestro, con el único objeto de desmoralizar al Tico y hacerse más fácilmente con la victoria.

En este punto, resulta conveniente revisar el secuestro como crimen en la ciudad de São Paulo. Al respecto, los estudios de Control Risks Group señalan que durante el 2003, en esta urbe de más de veinte millones de habitantes ocurrieron un promedio de quinientos secuestros mensuales. Al hacer la división encontramos que por día fueron privadas de la libertad dieciséis personas y un tobillo, de alguien más. Por otro lado, el secuestro de los familiares de celebridades es pan de cada día. Verdad tan cierta que Leighton Gage, en una nota al final de la novela, señala que las madres de tres integrantes de la selección de fútbol que participó en la Copa Mundo de 2010 (Robinho, Luis Fabiano y Grafite), fueron víctimas de este flagelo y los deportistas no tuvieron más opción que pagar el rescate.

En este contexto, no resulta extraño el rapto de la madre de un hombre adinerado, además, de la farándula. Pero con tantas personas privadas de la libertad, ¿por qué dedicarle una novela al secuestro de Juraci Santos, cuyo único mérito es haber parido a un talentoso futbolista? ¿Qué tan importante es el fútbol en la cultura brasilera? ¿Qué aspectos de la relación crimen y cultura aborda el autor?

El propio presidente del Brasil responde a estos interrogantes cuando ordena a sus hombres que el secuestro de Juraci Santos sea tratado como asunto de seguridad nacional, por ser un acto antipatriota. Él mismo se encarga de ejercer presión sobre los Federales para que rescaten a la madre del delantero, porque el Tico debe estar al ciento por ciento en el campo de juego, la selección Verde-amarela, país anfitrión, debe conquistar la Copa Mundo.

Dicha circunstancia refleja el carácter competitivo de esta nación que ostenta cinco títulos mundiales, tres copas confederaciones, así como el récord de ser la única selección que ha participado en todas las ediciones mundialistas. Sí, una nación competitiva, grande, no sólo por su territorio, sino, también, por el tamaño de su población, de sus crímenes y de su economía: la más fuerte en América Latina, la segunda en el continente y la séptima en el planeta. Competitiva, sí, el apelativo justo para referirse a este país, de quien el FMI, el Banco del Sur y el Banco Mundial, predicen que será una de las cuatro potencias del mundo en las siguientes décadas. En este sentido resulta admirable la habilidad del autor para contrastar el individualismo propio de las grandes urbes, con las pasiones del fútbol, capaces de convertir a seres solitarios y mezquinos, en hombres altruistas, unidos en torno a un secuestro que condenan, porque ante todo su selección debe hacerse con el título.

          A Vine in the Blood pone el dedo en la llaga al señalar las tensiones entre la Policía Federal, “los buenos”, como de la novela se desprende, y la Civil, el reflejo de un Estado corrupto. Asimismo, ilustra la lucha de clases en una de las economías más poderosas e inequitativas del mundo. De ahí la lucha de clases: alta suciedad vs nuevos ricos, farándula vs gente de a pie, propietarios vs desposeídos, favelas vs palacetes, traficantes de animales vs entidades protectoras. Con este antecedente, resultan comprensibles algunos hechos como el ocurrido el Día de las Madres de 2007, en el que reclusos de ciento nueve cárceles brasileras, orquestados por alias Marcola, líder del Primer Comando de la Capital (PCC), paralizaron São Paulo. Promovieron trescientos treinta y nueve ataques a blancos estratégicos: edificios públicos, aeropuertos y el metro. Entre decenas de crímenes, asesinaron a cuarenta y dos guardias carcelarios e incendiaron cincuenta y seis buses. Como retaliación, la policía acribilló a ciento setenta miembros del PCC.

De este universo propicio para el crimen se vale el autor para que sus personajes actúen bajo la ley de la jungla, de la Amazonía y griten: ¡Sálvese quién pueda!, porque en la casa te esperan con carne para la feijoada. Aquí perro come perro, situación que se evidencia cuando el director de la Policía Federal le roba los créditos a Mario Silva por el rescate de Juraci Santos: “The President of the Republic is happy. And I get to have a dinner with the Minister of Justice. Don’t you think that, all in all, it work out well for everyone concerned?” (Gage:220)

          Por otro lado, la vida del inspector-jefe Mario Silva parece estar gobernada por una maldición. En la primera novela de la saga (Blood of the Wicked), su padre es asesinado al detenerse en un semáforo después de la media noche. Ese mismo día violan a su madre, una anciana gorda y diabética. En A Vine in the Blood, la esposa de Mario Silva está alcoholizada, deprimida por la pérdida de su hijo y no es capaz de sostener relaciones sexuales con él. La gran pregunta que me surge luego de esta inquietante lectura es, ¿de qué manera un crimen moldea a un ser humano?

Un escritor de novelas detectivescas es ante todo un testigo implacable de su época, de la amnesia que convierte a los moradores de un lugar determinado, en seres que se resignan a los males que los agobian. Esta novela narra un secuestro entre decenas, en la metrópoli que a pulso se convirtió en una autoridad en la materia. Leighton Gage no trata de conmover a nadie con este drama, no, él fotografía el cáncer en su estado natural, captura la denominación de origen del crimen en São Paulo, la deconstruye y la construye desde novedosas perspectivas.


 Rubén Varona